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De mileurista a millonario

De mileurista a millonario
diciembre 02
12:07 2014

La estructura de preferencia temporal que tenemos interiorizada la mayoría de los seres humanos, la cual nos hace preferir bienes y servicios presentes a estos mismos bienes y servicios en el futuro, es una reacción normal ante la inevitable naturaleza incierta del porvenir. Al fin y al cabo, si un amigo ofreciera hacernos un regalo hoy o dentro de un año, todos elegiríamos recibirlo cuanto antes para cubrirnos del riesgo de que nuestro amigo cambie de opinión (y no nos acabe regalando nada), y para empezar a poder disfrutar del mismo cuanto antes. Aunque esta postura tiene todo el sentido del mundo, debemos de cuidar que nuestra tasa de preferencia por el presente no alcance niveles demasiado altos ya que podría llevarnos a tomar malas decisiones sobre nuestras finanzas personales.

En nuestra vida diaria, el concepto de preferencia temporal se aprecia de manera muy clara en la tasa de ahorro individual. Una persona con una preferencia temporal muy alta preferirá dedicar la mayor parte de su renta disponible a consumo corriente, puesto que valora los disfrutes presentes mucho más que aquellos a los que podría acceder en el futuro con el dinero ahorrado. Por otro lado, una persona con una preferencia temporal baja sacrificará parte de este consumo presente a cambio de tener un colchón de ahorro que le permita vivir con holgura en el futuro. Aunque es cierto que adoptar un comportamiento u otro es una decisión personal y en cualquier caso respetable, sería interesante hacer unos números para ver las implicaciones de cada conducta en el largo plazo.

Imaginemos dos jóvenes de 22 años, Juan y Pedro, ambos recién salidos de la universidad, y que acaban de conseguir un empleo con un salario de 1000 euros netos al mes que se incrementará alrededor de un 5% anual según vayan ascendiendo en su empresa. La diferencia entre ellos es que, mientras Juan muestra una alta preferencia temporal y solamente es capaz de ahorrar un 5% de su salario, Pedro es un joven austero y preocupado por su futuro, por lo que decide ahorrar un 30% del mismo. Supongamos también que ambos invierten sus ahorros al final de cada año en un fondo de inversión que les ofrece una rentabilidad tras comisiones del 10% anual, y mantienen en el fondo sus ahorros de los años anteriores (por sencillez, obviemos el impuesto del 1% sobre ganancias del capital no dispuestas). Bajo este supuesto que, si bien es favorable, tampoco es excepcional… ¿qué patrimonio habrá acumulado cada uno si continúan con su plan de ahorro hasta que cumplan los 50 años?

Pues bien, mientras que Juan dispondrá de unos ahorros de 140.963€, Pedro disfrutará de un patrimonio de 845.781€, seis veces mayor. Es decir, dos personas que han ganado la misma cantidad de dinero a lo largo de su vida, terminan acumulando un patrimonio completamente distinto en función de sus tasas de ahorro. Además, para resaltar el enorme poder que tiene el fenómeno del interés compuesto en un periodo de tiempo extendido, conviene recordar que Pedro ha conseguido acumular este importante patrimonio aun cuando durante 15 de los 29 años del análisis, su salario no superó los 2.000€ al mes.

Ante esta situación cabe por tanto hacerse la siguiente pregunta: ¿Realmente merece la pena realizar este esfuerzo diario para, dentro de 30 años, ser Pedro en vez de Juan?

Para dar una respuesta informada podríamos cuantificar cuánto más ha ahorrado Pedro a lo largo de este periodo. Haciendo unos sencillos cálculos llegamos a las siguientes cifras: Pedro ha consumido una media de unos 530€ menos cada mes, o lo que es lo mismo, unos 18€ menos cada día. Por supuesto, estas cifras son menores durante los primeros años, justo cuando ahorrar se antoja más complicado por los menores salarios. Por ejemplo, durante los cinco primeros años, Pedro consume una media 275€ menos cada mes; esto es, una media de 9 € menos cada día. Tomando estas cifras como referencia, y siendo conscientes de la superfluidad de muchos de nuestros gastos diarios, a primera vista no parece excesivamente complicado ahorrar unas cantidades similares a las anteriores.

Por otro lado, deberíamos plantearnos también hasta qué punto ostentar un patrimonio u otro, marca la diferencia en términos de calidad de vida futura. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve hacer esfuerzos para acumular mucho capital si no nos hace más felices? De nuevo haciendo números, observamos que la diferencia es realmente significativa: con el capital acumulado, Pedro podría vivir sin trabajar durante el resto de su vida obteniendo una renta equivalente a la que estaría obteniendo Juan por su trabajo.

Contando con los aumentos salariales del 5% anual, ambos estarían ganando un salario neto de 47.000€ al año al cumplir los 50; algo menos de 4.000€ al mes. ¿Qué rentabilidad debería obtener Pedro sobre su patrimonio para obtener esa misma renta en forma de rendimientos del capital sin disminuir la base de capitalización? Pues bien, incluso contando con los impuestos sobre los rendimiento del capital (sí, cada vez que retiráramos fondos habría que pasar por la caja de Montoro y pagar el tipo del ahorro, alrededor de un 20%), con un 7% de rentabilidad tras comisiones sería suficiente. Es decir, Pedro podría permitirse el lujo de adoptar un perfil inversor más conservador, mover su patrimonio a instituciones de inversión colectivas más seguras y aun así obtener un “salario” mensual de 4.000€ netos al mes. Para que nos hagamos una idea de la relativa sencillez con la que se podrían obtener estos rendimientos, tengamos en cuenta que el retorno medio anual de la renta variable mundial en los últimos 200 años ha sido de alrededor del 10% (con una inflación media del 4%). Vamos, que casi únicamente replicando índices bursátiles se podría, de media, obtener dicha renta anual manteniendo el patrimonio intacto.

En resumen, partiendo de unos supuestos perfectamente realistas, tanto a nivel salarial como en términos de rentabilidad sobre el capital, llegamos a la conclusión de que una persona normal que gestione de manera conservadora e inteligente su patrimonio personal, podría lograr ser financieramente independiente en menos de tres décadas. Puesto que el sacrificio necesario para conseguirlo es importante pero asumible, y dado que los beneficios en el largo plazo parecen bastante atractivos, creo que la decisión que debemos tomar para saber si queremos ser como Juan o como Pedro merece, cuanto menos, una profunda reflexión.

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Eduardo Riera

Eduardo Riera es economista por la Universidad de Oviedo. Durante su trayectoria universitaria, ha realizado intercambios académicos en Holanda, Estados Unidos y Nueva Zelanda. Interesado en finanzas y macroeconomía, actualmente vive en Madrid, en donde trabaja como auditor en el departamento de Mercado de Capitales de Deloitte.

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1 Comment

  1. Paco
    Paco enero 19, 20:02

    Buen artículo Mr. Riera, espero verle pronto

    Reply to this comment

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