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Obsolescencia programada: “progreso” inmediato por coste futuro

Obsolescencia programada: “progreso” inmediato por coste futuro
enero 27
09:50 2014

La obsolescencia programada u obsolescencia planificada, es una realidad manifiesta e incluso inherente a la sociedad de consumo actual. Cientos de millones de productos son ofrecidos por las empresas bajo la premisa de este peculiar sentido del “progreso económico”. Algunas entidades declaran que esto permite evitar el desmoronamiento de ciertos mercados, que debido a los avances constantes en productos y servicios, pueden acabar por hacerlos “demasiado” duraderos, lo que provocaría una hecatombe en el mercado y derivaría a la desintegración de profesiones y puestos de trabajo. Otros sencillamente niegan estas prácticas.

Este curioso término se define como la manipulación de un producto para concretar su vida útil, o dicho de otra manera, determinar el tiempo que funcionará un artículo, por ejemplo un móvil actuará correctamente 2000 horas y una vez superadas sencillamente se estropeará. Cuando un usuario del mismo acude a la empresa para arreglarlo se encuentra con que le resulta más barato comprar uno nuevo que la reparación en sí, un círculo vicioso que genera un innecesario pero premeditado consumo y que ofrece ingentes beneficios a los interesados en que la obsolescencia programada perviva.

En este punto aparece la disyuntiva (al menos en muchos casos) entre si la obsolescencia es premeditada o consecuencia del ajuste de costes para la rentabilidad de un producto; pero sea como fuere es un fenómeno existente.

La historia de la obsolescencia programada

La obsolescencia programada nació de la mano de un cártel de productores de bombillas llamado Phoebus, que englobaban un conjunto de empresas repartidas a lo largo del mundo. A partir de una reunión celebrada en Ginebra en diciembre de 1924, este cártel comenzó a desarrollar una serie de prácticas como el control monopolizado de este sencillo producto y la planificación de su consumo regularizado y periódico por la sociedad, retrasando avances que las hubiesen hecho más duraderas. Es así como nace el concepto de obsolescencia programada, hacer descartable lo que por su esencia no lo es.

Esta práctica comenzó a desarrollarse debido a los constantes avances técnicos de ciertos productos, como las ya mencionadas bombillas, que poco a poco alargaban su vida útil y que por lo tanto eran consumidos con menor periodicidad debido a su mayor duración. El gobierno estadounidense de los años 30 descubrió este entramado y demandó a General Electric (una de las compañías integrantes del cártel) por sus prácticas fraudulentas. Tras once años de litigios salieron triunfantes pero aunque el conglomerado fue multado y se le prohibió limitar la vida útil de sus productos, en la práctica esta imposición nunca se cumplió. Por ejemplo en la actualidad, existen bombillas con 100.000 horas de duración pero sin embargo las comercializadas hoy en día no superan en su mayoría las 3.000 horas.

Tras el estallido del crack de la bolsa estadounidense en 1929 y el posterior transcurso de la Gran depresión, en Nueva York  un inversor inmobiliario llamado Bernard London propuso, como medida para paliar la falta de trabajo y de consumo derivada de la fuerte crisis que atravesaba el país, imponer la obsolescencia programada en diversos mercados. Según este emprendedor, la necesidad de producir e imponer una fecha de caducidad en los productos permitiría la constante creación de empleo y un enorme aumento de la producción que derivaría al incremento del consumo de masas; reactivando así la débil economía estadounidense de la época. Razonamiento que se demostró cierto y sustenta ciertas bases económicas de la sociedad occidental de hoy día.

El conflicto ético

En los años 50 muchos ingenieros se posicionaron en contra de la obsolescencia programada, recalcando su enfado ante la perspectiva de crear productos cuyo valor de vida era reducido a pesar de contar con los avances suficientes como para alargarlo. Durante años el debate estuvo abierto pero ante las posibilidades que ofrecía el hecho de comercializar productos en cadena con la aportación de mejoras cada x tiempo acabó por imponerse como práctica, quedando este debate forzosamente cerrado aun a pesar del esfuerzo de sus detractores (que no eran pocos).

El caso Westley contra Apple

Elizabeth Pritzker treinta años después del caso contra General Electric decidió sacar de nuevo a la luz los procesos relacionados contra la obsolescencia programada, pero esta vez el objetivo fue Apple. Pritzker aseguraba que Apple no tenía la más mínima política medioambiental y programaba la vida útil de sus productos.

En 2003, las baterías de la primera generación de iPods duraban alrededor de dieciocho meses, a lo cual la empresa respondía que los usuarios deberían comprar un iPod nuevo, ya que Apple no ofrecía baterías de recambio. La abogada presentó una demanda colectiva, conocida como Westley contra Apple. En el juicio, con base en documentos técnicos, se descubrió que la batería había sido diseñada desde un principio para tener una vida corta. Los demandantes ganaron el juicio y Apple terminó creando un departamento de recambio de baterías. Además, se extendió la garantía del producto a dos años.

Los sectores confirmados

Existen otras empresas cuya práctica de la obsolescencia programada ha sido atestiguada y corroborada como por ejemplo el sector textil, cuyo ejemplo más directo son las medias de nylon que debido al miedo de desintegración de este mercado ante la gran resistencia que comenzaban a adquirir estos productos, comenzaron a elaborarse para que se rompieran con mayor facilidad y así sustentar su periódico consumo. Otro ejemplo serían las impresoras que en algunos casos tenían insertadas un chip que impedía su correcto funcionamiento tras un determinado plazo de tiempo.

El impacto medioambiental

La obsolescencia programada conlleva consecuencias que sufren todas las personas. La constante fabricación de productos premeditadamente perecederos  genera una gran cantidad de desperdicios que acaban anclados en los vertederos en continentes como África o Asia, pues no existe manera de destruir la materia por mano del hombre. El incremento de esta práctica provoca mayor contaminación, mayor número de residuos y un desperdicio de recursos y materias primas que ya de por sí son escasos e increíblemente útiles para la sociedad como para derrocharlos.

El informe “What a Waste: A Global Review of Solid Waste Management” realizado por el Banco Mundial  estima que la cantidad de residuos sólidos de los municipios aumentará para el año 2025 del nivel actual de 1300 millones de toneladas anuales a 2200 millones de toneladas por año.

“La mejora de la gestión de los residuos sólidos, especialmente en las ciudades con rápido crecimiento de los países de ingreso bajo, se está volviendo una cuestión cada vez más urgente”, dijo Rachel Kyte, vicepresidenta de Desarrollo Sostenible del Banco Mundial. “Las conclusiones de este informe invitan a la reflexión, pero también generan la esperanza de que, una vez que se reconozca el alcance de este problema, los líderes locales y nacionales, así como la comunidad internacional, se movilizarán para implantar programas destinados a reducir, reutilizar, reciclar o recuperar el máximo de residuos posible antes de quemarlos (y recuperar la energía) o eliminarlos de otro modo. Medir el alcance del problema es un primer paso fundamental para resolverlo”.

Lejos de achacar esta situación medioambiental únicamente a la práctica de la obsolescencia planificada, estos datos inciden en el hecho de que en la actualidad existe un grave problema con la producción de residuos, algo en lo que los países desarrollados estamos a la cabeza y en lo que la obsolescencia programada y su derivado consumo de masas repercuten de manera muy negativa.

Detractores de la teoría de la obsolescencia

Investigando en las redes aparecen detractores directos que niegan esta práctica. Alguno afirma que el primer error es considerar que la obsolescencia programada es lo mismo que presentar un producto con mejoras sobre la anterior generación. Eso no significa que el anterior se quede obsoleto, ya que sigue funcionando y en algunos casos durante muchos años, característica que según sus argumentos es destacable en los productos tecnológicos.

Este tipo de estrategia con periódicas mejoras continuas la relacionan con parte de la teoría de la calidad total de Deming. Este estadístico estadounidense, profesor universitario, autor de textos, consultor y difusor del concepto de calidad total cuyo nombre está asociado al desarrollo y crecimiento de Japón después de la Segunda Guerra Mundial, sentó las bases de la competitividad empresarial y su teoría se puede resumir en fabricar productos de alta calidad y durabilidad, y que sea el propio consumidor el que compre un nuevo producto de la marca, no cuando se estropee (cosa que afectaría a su reputación) sino basándose en las mejoras incluidas en las siguientes generaciones.

Sin embargo esta teoría se basa en un derivado de la obsolescencia programada que es la denominada obsolescencia percibida, que surge cuando la maquinaria publicitaria empresarial se pone en marcha para crear en el consumidor la necesidad de poseer el último modelo de un producto, aunque sus nuevas características sean en su mayoría superfluas. Práctica que sin embargo da que pensar pues las empresas han sido muy eficaces en el desempeño de la individualización personal del consumidor mediante un producto; en la sociedad de consumo actual, las personas sienten a menudo que ciertos artículos que poseen son una parte importante de su identidad que les definen y representan a pesar de la estandarización de  los mismos.

Las empresas utilizan la publicidad mediante anuncios y campañas de marketing para mostrar a sus consumidores cómo la compra de sus productos más recientes mejorará su identidad y elevará su posición dentro de su ámbito personal. La industria de la moda de hecho es un buen ejemplo de la obsolescencia percibida.

Pequeña reflexión

Anular esta práctica a pesar de que ciertos mercados quizás sufrieran algunos ajustes ante las nuevas posibilidades que se abrirían y pudieran provocar un tremendo impacto en nuestra percepción del consumo es necesaria ¿no es acaso la base del capitalismo el desarrollo, el progreso y la adaptación?

Nadie niega la ingente aportación de constantes mejoras en la sociedad a partir del avance en los productos, que no es más que un recordatorio de que el ser humano nunca deja de aprender. Sin embargo la programación de la obsolescencia es un coste que repercute negativamente en el mundo, la naturaleza y el ser humano, algo que no debe olvidarse ya que quizás en este caso el coste sea demasiado grande como para pasarlo por alto.

Recomendaciones: Documental Comprar, tirar, comprar.
Fuentes: El Mundo, El País, UNED, Banco Mundial
Imagen de Flickr por kevin dooley

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Luis Gude

Luis Gude cursa un Grado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en diferentes medios y plataformas entre los que destaca el magazine de humor Criaturas 2.0 de Inforadio.

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Luis Gude cursa un Grado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en diferentes medios y plataformas entre los que destaca el magazine de humor Criaturas 2.0 de Inforadio.

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3 Comments

  1. lauraatorra
    lauraatorra enero 27, 20:23

    Documental interesante acerca de la obsolescencia programada.
    http://www.youtube.com/watch?v=24CM4g8V6w8
    Te felicito por tu artículo y estoy de acuerdo con que estamos pasando por alto el coste que la obsolescencia programada tiene sobre el ser humano, la naturaleza y nuestra vida diaria.

    Reply to this comment
  2. wenomeno
    wenomeno enero 29, 18:02

    Pues yo no estoy nada de acuerdo. Es más, creo que la obsolescencia programada es otra teoría conspiranoica sin fundamento. Y me consta que sí hay quién gana mucho dinero con ese cuento. Yo tampoco me quiero hacer el experto, pero por lo que yo sé los problemas de obsolescencia tienen dos causas, ambas con un origen en la diferencia de posibilidades tecnológicas de los diferentes componentes de un producto. Así podemos encontrar casos en los que un electrodoméstico como una lavadora tiene una serie de piezas que pueden durar 10 o 15 años. Pero hay una que se mejora mucho periodicamente, como el motor. Las nuevas lavadoras son iguales a las viejas en el 90% de sus componentes, pero esta nueva pieza hace que compense cambiar las viejas por las nuevas. De hecho, los ahorros en el consumo de energía hacen que lo más barato sea cambiar la lavadora cada 5 años, aunque duren mucho más.

    La otra causa es parecida, pero en este caso hay una pieza que dura mucho menos que las otras, como es el caso de las baterías. Sin embargo, la idea de que si no se han inventado baterías que duren muchísimo porque se han saboteado las investigaciones encaminadas a ello es absurda, en mi opinión. De hecho, ese es uno de los campos de la investigación en los que más dinero se invierte.

    Reply to this comment
    • Luis Gude
      Luis Gude febrero 04, 19:21

      Lo primero de todo, gracias por tu comentario, se aprecia mucho encontrar gente crítica con la información que recibe y argumenta verazmente su contraposición, el mérito de los que aspiramos a ser periodistas es crear “buena” controversia jeje.
      Sin embargo debo objetar ante la suposición de que la obsolescencia programada es una conspiración sin fundamento. Por supuesto a mi entender no todas las empresas desarrollan este tipo de prácticas y lamento si esa es la impresión que se saca del artículo (aunque creo que no es así), no obstante en ningún momento hablo de las lavadoras y otros electrodomésticos en concreto; informo sobre aquellos productos en los que se han encontrado evidencias de obsolescencia programada como son las bombillas o ciertas impresoras.
      Apple fue condenada en el juicio Westley contra Apple por la poca duración de sus baterías que se estropeaban justo en el momento que acababa la garantía y la imposibilidad de repararlas informando a sus consumidores que tenían que comprar un nuevo producto. Tras perder el juicio se les impuso la obligación de crear un servicio técnico de reparación así como de alargar la vida útil de las baterías ¿no se invertirá mucho en baterías (al menos en Apple) por este caso realmente?
      De hecho estas obligaciones se aplicaron “poco después” del juicio y gracias a ello sus usuarios cuentan con ese gran servicio técnico que sin duda es unos de los puntos fuertes de Apple. Nadie dice que Apple ahora acorte la vida útil de sus baterías (Dios después de ser condenados en el juicio sería increíble).
      En la actualidad me consta que se están desarrollando baterías con mayor índice de duración, aquí dejo este enlace.
      http://www.xataka.com/componentes-de-pc/desarrollan-baterias-mas-duraderas-y-potentes-que-no-se-calientan
      El caso de las lavadoras que expones me parece muy interesante, aunque si sólo se cambia el 10% de las mismas ¿por qué esa necesidad de comprar una nueva en vez de cambiar únicamente ese 10%? ¿Realmente es más barato comprar una cada cinco año? Otra vez estamos ante el dilema del despilfarro de recursos y el “abaratamiento” mediante el consumo, que por ejemplo en mi opinión podría resolverse mediante un buen sistema de reparación e incluso “actualización” de los mismos sin la necesidad de comprar y tirar. La excusa de reparar es muy costoso (aunque hay excepciones para muchos recursos por supuesto) para mí no sirve.
      La obsolescencia programada es un concepto muy controvertido, sin embargo el concepto en sí es lo de menos. Su denominación puede incluir una forma de englobar la producción constante acompañada del abaratamiento de costes que influyen en la calidad del producto, cuyas nuevas aportaciones aunque a veces útiles otras veces no lo son. A mi entender ya sea directa o indirectamente muchas empresas llevan a cabo estas prácticas a partir de la programación de la vida útil o, incluso, mediante el constante abaratamiento de costes; esto último, creo yo, también es obsolescencia programada; pues la calidad está muchas veces ligada a la durabilidad y aunque hay que buscar beneficio no puede ser mediante el malgasto de recursos (por ejemplo los móviles pues la explotación de metales raros repercute negativamente sobre muchas personas que parecen ya olvidadas por los medios) ¿por qué de que sirve avanzar con un pie si el otro retrocede?.
      Yo tampoco soy experto en tecnología, y por supuesto no minusvaloro los “enormes” avances que se han obtenido con el tiempo gracias a ella (y los que se obtendrán); pero yo creo que con todas la cosas que se inventan día a día, cosas increíbles y sorprendentes, sumada a esta efervescencia por la innovación ¿no existan alternativas viables ante ciertos aspectos propuestos que solo benefician a unos pocos y perjudican a muchos?
      De nuevo gracias por tu comentario y un saludo

      Reply to this comment

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